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Atlético de Madrid golea al Lokomotiv en los octavos de la Europa League

MADRID, España.- Si el miedo ante lo desconocido eran goteras finas que se podían filtrar sobre la portería del chico de gris, la grada pronto las disolvió con un aplauso en cuanto su nombre sonó en la megafonía. Él, el nuevo, mientras, se ajustaba los guantes. Miraba desde su 1.92 de altura. Esperaba. Músculos en tensión. La tarde anterior la lesión de Oblak había puesto una flecha en rojo sobre su red para Semin, entrenador del Lokomotiv, rival del Atlético en esta, su tarde. La del chico vestido de gris, Axel Werner. Debutaba en la portería del Atlético. Primera vez oficial. Ida de octavos de final. Tardaría en aparecer porque antes de que tocara un balón, mucho, muuuucho antes, Saúl se había pedido ya los focos.
Saúl, que sólo sabe de goles bonitos. Saúl, que siempre ofrece su bota cuando un partido se atraganta. Saúl, que corría con el balón hacia la frontal, buscando algún aliado, algún desmarque, alguien a quien pasar. Y, como a nadie encontró, decidió probar a lanzarlo. Con la zurda. A ver qué ocurría. Y lo que ocurrió fue un golazo, otro: voló el balón como si su bota fuese el cañón que lanza hombres bala. La Champions ya guarda su gol al Bayern, aquella semifinal. Ahora ya también la Europa League. Desde ayer. Desde éste.
Había salido el Atlético a tener la pelota, ante una presión transparente del Lokomotiv por mucho que Semin defendiera con cinco hombres atrás. Incisivo Juanfran en la banda, potente Thomas en el centro, fuerte atrás Giménez, tortura de Eder. A su lado, Lucas, en el once a última hora por gastroenteritis de Godín. Del mismo material son. Mandaba el Atleti pero le faltaba claridad al final. Hasta Saúl, ni Costa ni Grizi ni Correa lograron abrir el cerrojo ruso.
Los gemelos Miranchuk trataban de seguir la flecha de Semin hacia la portería de Werner un par de veces pero en ninguna llegó a verse eso que todos querían, al nuevo portero rojiblanco. Una terminó en amarilla a Aleksei, que se lanzó sobre la hierba del área rojiblanca como si hubiera agua al sentir cerca a Giménez. Lo vio el árbitro. Amarilla al ruso, claro.
Fue el único peligro, por llamarlo de alguna manera, de un Lokomotiv cada vez más abierto, cada vez más pobre, dejando cada vez más espacios. El Atleti se entretenía jugando un rondo en todo el campo para desesperación de Simeone. Pedía más goles, quería matar, no sufrir en Rusia. Lo pedía al borde de la afonía. Le escuchó Guilherme, el portero ruso, y trató de ponérselo en bandeja: salió persiguiendo un balón como si fuera un racimo de uvas y dejó su portería sola a la espalda. Griezmann, listo, robó un balón y hacia su red lo envió. Pero ayer no tenía la capa. Cruzó demasiado, respiró Semin. Llegaría el descanso y los guantes de Werner seguían intactos. Dos balones había tocado con el pie.
Un minuto después de regresar del descanso, las botas de Costa volvieron a Europa para calmar las cuerdas vocales del Cholo: hizo el 2-0 tras otra genialidad de Saúl, ahora pase magistral a Grizi, que volvió a errar. Al rechace, el de Lagarto, puro killer. Movió su escudo del Atleti en el pecho con coraje para celebrar un gol con la rojiblanca en Europa cuatro años después. Su brega, su hambre, instalaron al Atleti en el área de Guilherme. La puntilla, sin embargo, el pasillo a cuartos, la pondría otra bota, la de Koke, con robo, carrerón y pase previo de Juanfran. Era el tercero, troika en ruso.
Llegó después de que el árbitro no castigara con penalti una mano de Corluka. Después de que Gameiro y Torres salieran. De que Griezmann y Costa descansaran, pensando en Liga. Después de esa foto, la tan esperada: la del chico de gris haciendo su primera parada. Fue a Lysov, minuto 77:28. El cierre del partido fue otra. A Denisov, a saque de falta, 90’. En ambos seguro, sin despeinarse. Aprobó el examen el nuevo suplente de Oblak. Fue fácil.

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