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Los 3 yernos

Había una vez una señora rica que teniendo tres hijas bellas y bien casadas, decidió poner a prueba el amor que sus yernos le profesaban…
Así, un día salió a pasear con el primero de sus yernos por el borde del lago y de repente cayó dentro del agua. Sin titubear, el yerno se arrojó al agua y la salvó.
Al día siguiente el esposo de su hija encontró delante de su casa un automóvil último modelo con una nota en el parabrisas:
“¡Gracias! ¡Tu suegra, que te adora!”
Unos días más tarde, la acaudalada señora hizo lo mismo con el segundo yerno. También él se zambulló sin dudar para salvarla. Y también él se encontró a la mañana siguiente con una bella sorpresa que ostentaba un mensaje en el parabrisas.
“¡Gracias! ¡Tu suegra, que te adora!”
Solo después de unas semanas se atrevió a hacer lo mismo con el último yerno, por quien nutría una cierta desconfianza. Mientras la rica señora se ahogaba, el yerno mirándola impasiblemente pensaba: “¡Por fin! ¡Ya era hora de que la bruja se fuera para siempre!”
Y también él se encontró a la mañana siguiente con un carro último modelo y su correspondiente mensaje:
“¡Gracias, pibe! ¡Tu suegro, que te adora!”
Almuerzo típico
La esposa se queda mirando a su marido, que se encuentra desnudo, y le dice:
– Mi amor, ¡estás para comerte! Pareces un almuerzo típico.
El marido, muy orgulloso, se voltea a ver al espejo y pregunta:
– ¿Almuerzo típico? ¿Por lo sabroso?
– No, porque eres chorizo, panza, chicharrón, pellejo y huevos.
Sermón aplicado
Llegué de misa y me dirigí a mi esposa con una sonrisa, la abracé, la cargué y bailé con ella en el aire. Ella, en extremo llena de felicidad, me preguntó:
– ¿Y qué fue el sermón del padre Merino hoy? ¿Acaso que los esposos deberían ser más cariñosos con sus esposas, o que el amor triunfa sobre todas las cosas…?
– No… dijo que debemos cargar nuestra cruz con júbilo y alegría.
Hombre de rojo
Anoche un hombre vestido de rojo se deslizó por la chimenea de mi casa y entró a mi habitación. Como estaba dormida pensé que era un sueño, pero aquel hombre de barba blanca se desnudó y se metió en mi cama. Antes de que pudiera hacer o decir algo, se montó sobre mí y me echó el mejor polvo que me han echado en toda mi vida. Mis gritos de gozo y mis alaridos de un largo orgasmo fueron ahogados con su mano para no despertar a los demás. Exhausta pero agradecida, cuando todo había acabado y aún jadeando le pude decir: – ¡Muchas gracias, Santa! Pero lo que yo te pedí fue un Volvo, no un polvo.

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